En los últimos años, muchas iglesias han adoptado la práctica de "declarar" y "decretar" bendiciones, sanidades y situaciones favorables en la vida de los creyentes. Frases como "declaro prosperidad sobre mi vida" o "decreto sanidad en el nombre de Jesús" se han vuelto comunes en ciertos círculos cristianos. Sin embargo, es necesario preguntarnos: ¿tienen estas prácticas una base bíblica? ¿O estamos ante una forma de espiritualidad que se acerca peligrosamente a la mística esotérica y la brujería? En este artículo, analizaremos por qué los cristianos no debemos "declarar" ni "decretar" y cómo estas prácticas se desvían de la verdadera enseñanza bíblica.
Esta idea se popularizó aún más con la influencia de libros como El Secreto, de Rhonda Byrne, que promueven la llamada "ley de la atracción". Según esta enseñanza, el universo responde a nuestros pensamientos y palabras, atrayendo cosas buenas o malas según lo que declaremos. Lamentablemente, muchas iglesias absorbieron esta filosofía sin notar que no tiene nada que ver con el evangelio de Cristo, sino con creencias místicas y esotéricas.
1. El poder de la palabra: ¿Cristianismo o misticismo?
La idea de que nuestras palabras tienen poder creador no proviene de la Escritura, sino de sistemas de pensamiento ajenos al cristianismo bíblico. Muchos proponentes de esta doctrina citan Proverbios 18:21: "La muerte y la vida están en poder de la lengua..." para justificar que nuestras palabras pueden alterar la realidad. Sin embargo, este versículo no enseña que los seres humanos tengamos el poder de "crear" con nuestra boca, sino que nuestras palabras tienen consecuencias morales y espirituales en nuestra vida y en la de otros. Es un llamado a la prudencia, no una licencia para manipular la realidad.
En contraste, la idea de que las palabras pueden modificar la realidad es una creencia mística presente en el gnosticismo, el esoterismo y la Nueva Era. En la brujería, se usa la palabra hablada en forma de conjuros o decretos mágicos para intentar influir en el mundo espiritual y material. De manera similar, en la metafísica, se enseña que el "poder del pensamiento" o "las afirmaciones" pueden atraer bendiciones o maldiciones según la voluntad del individuo. Esta cosmovisión no proviene de la revelación bíblica, sino de filosofías ocultistas que niegan la soberanía de Dios.
2. Solo Dios tiene el poder de decretar
En la Escritura, "decretar" es una acción exclusiva de Dios. Salmos 2:7 dice: "Yo publicaré el decreto: Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú, yo te engendré hoy". En este y otros pasajes, el decreto está ligado a la voluntad soberana de Dios, no a la capacidad del hombre de crear su realidad. Dios es el único que, con Su palabra, trae existencia a las cosas (Génesis 1:3; Isaías 46:10). Los hombres no tienen este poder.
Cuando los creyentes "decretan", están, en efecto, usurpando la autoridad de Dios. Solo Él gobierna la historia y determina el curso de los eventos. En ningún lugar de la Biblia encontramos a los apóstoles o a Jesús decretando riquezas o sanidades para sí mismos o para otros. Más bien, Jesús enseñó a orar pidiendo con humildad: "Hágase tu voluntad" (Mateo 6:10). La oración cristiana no es un decreto, sino una súplica a un Dios soberano que responde conforme a Su voluntad perfecta (1 Juan 5:14).
3. La teología del "declaro y decreto" es ajena al evangelio
El evangelio de Jesucristo nos llama a confiar en la providencia de Dios, no en nuestra capacidad de crear realidades con palabras. En Santiago 4:13-15, se nos advierte contra la arrogancia de planear el futuro sin considerar la soberanía divina: "En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello". Esto contrasta radicalmente con la mentalidad de "yo declaro" y "yo decreto", que parte del supuesto de que el hombre tiene el poder de determinar su propio destino sin considerar la voluntad de Dios.
Además, esta enseñanza fomenta una fe superficial basada en las circunstancias. Si alguien declara sanidad y no se sana, la culpa recae en su falta de fe, generando frustración y desesperación. Pero la fe verdadera no se fundamenta en palabras de poder, sino en la confianza en Cristo, quien nos sostiene en medio del sufrimiento (2 Corintios 12:9-10).
4. Un llamado a la verdadera fe bíblica
El cristiano no necesita "declarar" ni "decretar" para recibir las bendiciones de Dios. Nuestra confianza debe estar en Su soberanía, no en una técnica verbal. Filipenses 4:6 nos exhorta: "Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias". El creyente ora con humildad, confiando en la sabiduría de Dios para responder conforme a Su voluntad.
En conclusión, la práctica de declarar y decretar es ajena a la enseñanza bíblica y se asemeja más a prácticas esotéricas que a la verdadera fe cristiana. Dios no nos llama a manipular la realidad con palabras, sino a confiar en Él con un corazón rendido. En lugar de decretar, oremos; en lugar de declarar, confiemos en Su Palabra. La verdadera seguridad del creyente no está en el poder de sus declaraciones, sino en la fidelidad de Dios.
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