Durante años, el evangelio de la prosperidad presentó una forma evidente y rudimentaria de antropocentrismo: Dios era anunciado principalmente como el medio para alcanzar bienestar, éxito, salud y realización personal.
Sin embargo, aquel discurso parece haber perdido parte de su fuerza. Muchas de sus frases más conocidas ya generan rechazo. Pero esto no significa necesariamente que su fundamento haya desaparecido. Quizás solamente se ha vuelto más elaborado.
Mi impresión es que estamos observando el surgimiento de una especie de mensaje posprosperidad: más sobrio, mejor estructurado, aparentemente más bíblico y con un vocabulario más cristiano, pero todavía profundamente centrado en el hombre.
En este punto encuentro un paralelismo con Friedrich Schleiermacher. Él no eliminó las palabras cristianas; conservó términos como fe, Cristo, salvación y religión, pero desplazó su significado hacia la experiencia, la conciencia y el sentimiento humano. La terminología permaneció, pero el centro cambió.
Algo semejante puede estar ocurriendo en ciertos sectores evangélicos. Ya no se promete necesariamente riqueza material, pero se presenta a Cristo principalmente como quien satisface mis necesidades emocionales, valida mi identidad, cumple mis sueños o mejora mi experiencia personal. Es un mensaje cristiano en su vocabulario, pero no necesariamente cristocéntrico en su estructura.
A esto se suma, en algunos casos, una hermenéutica dispensacionalista popular que fragmenta la unidad de la Escritura y facilita la extracción de textos separados de la historia unificada de la redención. No afirmo que todo dispensacionalismo sea liberal ni que exista una dependencia histórica directa. Señalo una posible convergencia práctica: un esquema bíblico fragmentado unido a un subjetivismo religioso cada vez más sofisticado.
El resultado puede ser una predicación que afirma la autoridad de la Biblia, menciona constantemente a Cristo y rechaza abiertamente el evangelio de la prosperidad, pero que todavía mantiene al ser humano como verdadero centro del mensaje.
Quizás no estamos presenciando la desaparición del antropocentrismo evangélico, sino su mutación hacia una forma más refinada, difícil de identificar y, precisamente por eso, más peligrosa.
Es una idea que todavía estoy desarrollando, pero considero que merece atención, análisis de sermones concretos y una evaluación seria desde la unidad cristocéntrica y pactual de las Escrituras.
Cristian Peña
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